miércoles, 30 de mayo de 2012

Programa Radio: Las moradas del castillo interior

En el programa "Páginas Carmelitanas" (martes 3 p.m. hora de Centroamérica) de la Radio OCD, Fray Cristian Chacón OCD, hace la lectura y explicaciones breves del libro de Santa Teresa de Ávila, "Las moradas del castillo interior".  Compartirmos, el programa de las Primeras moradas, capítulo 2.  A partir del minuto 26 se empieza a leer el número 8 y ss, sobre la libertad de espíritu y el conocimiento propio.  

Santa Teresa de Ávila
Fundadora de la Orden del Carmelo Descalzo
España. (1515 -1582)

A los dieciocho años, entra en el Carmelo. A los cuarenta y cinco años, para responder a las gracias extraordinarias del Señor, emprende una nueva vida cuya divisa será: «O sufrir o morir». Es entonces cuando funda el convento de San José de Ávila, primero de los quince Carmelos que establecerá en España. Con san Juan de la Cruz, introdujo la gran reforma carmelitana. Sus escritos son un modelo seguro en los caminos de la plegaria y de la perfección. Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.



El texto que se estudia es el siguiente, Las Moradas, Cap 2:

"8. Pues tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No habéis de entender estas moradas una en pos de otra, como cosa en hilada, sino poned los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el rey, y considerar como un palmito, que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan. Así acá, enrededor de esta pieza están muchas, y encima lo mismo.


Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se comunica este sol que está en este palacio.


Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola.


¡Oh que si es en el propio conocimiento! Que con cuán necesario es esto (miren que me entiendan), aun a las que las tiene el Señor en la misma morada que El está, que jamás ­por encumbrada que esté­ le cumple otra cosa ni podrá aunque quiera; que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido.

Mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores; así el alma en el propio conocimiento, créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma, y más libre de las sabandijas adonde entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento; que aunque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en esto, tanto es lo de más como lo de menos ­suelen decir­. Y créanme, que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud que muy atadas a nuestra tierra.

9. No sé si queda dado bien a entender, porque es cosa tan importante este conocernos que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad.

Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás; porque éste es el camino, y si podemos ir por lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar?; mas que busque cómo aprovechar más en esto; y a mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.

10. Hay dos ganancias de esto: la primera, está claro que parece una cosa blanca muy más blanca cabe la negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente.

Así como decíamos de los que están en pecado mortal cuán negras y de mal olor son sus corrientes, así acá (aunque no son como aquéllas, Dios nos libre, que esto es comparación), metidos siempre en la miseria de nuestra tierra, nunca la corriente saldrá de cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía: de mirar si me miran, no me miran; si, yendo por este camino, me sucederá mal; si osaré comenzar aquella obra, si será soberbia; si es bien que una persona tan miserable trate de cosa tan alta como la oración; si me tendrán por mejor si no voy por el camino de todos; que no son buenos los extremos, aunque sea en virtud; que, como soy tan pecadora, será caer de más alto; quizá no iré adelante y haré daño a los buenos; que una como yo no ha menester particularidades.

11. ¡Oh válgame Dios, hijas, qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad, y otras muchas cosas que pudiera decir, y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio conocimiento y, si nunca salimos de nosotros mismos, no me espanto, que esto y más se puede temer.

Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento ­como he dicho­ y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde; que, aunque ésta es la primera morada, es muy rica y de tan gran precio, que si se descabulle de las sabandijas de ella, no se quedará sin pasar adelante.

Terribles son los ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos.

12. De estas moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de experiencia. Por eso digo que no consideren pocas piezas, sino un millón; porque de muchas maneras entran almas aquí, unas y otras con buena intención.

Mas, como el demonio siempre la tiene tan mala, debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no pasen de unas a otras y, como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos, lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el rey, que aquí, como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma (que son los sentidos y potencias) que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras.

Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora, y a sus Santos, para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para se defender.

A la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios. Su Majestad nos la dé por su misericordia, amén.

13. ¡Qué miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y propio conocimiento, no os digo más aquí, aunque es lo que más nos importa y aun plega al Señor haya dicho algo que os aproveche.

lunes, 20 de febrero de 2012

Libro: San Francisco Javier, itinerario místico del apóstol - Sentimiento de la propia miseria

Del libro San Francisco Javier: itinerario místico del apóstol del Padre Xavier León-Dufour S.J., la primera parte (Su despertar a la confianza), sección 4 (En el secreto de la noche), transcribimos el texto que nos interesa, el contenido de: "Sentimiento de la propia miseria".  En este libro el autor esboza la vida de San Francisco Javier, a partir de sus cartas y las de sus hermanos de la Compañía.  

Xavier León-Dufour, S.J.
Francia (1912-2007)

Eminente teólogo y biblista, el Padre Léon-Dufour es el autor de más de 20 libros y numerosos artículos. Su Diccionario de Teología Bíblica ha sido traducido a 22 lenguas. También su autobiografía – Un biblista busca a Dios- fue grandemente apreciada y difundida.





Sentimiento de la propia miseria

Contemplación y vigilancia convergen, pues, hacia la humildad, fruto espontáneo del conocimiento de Dios y de sí mismo: Noverim Te, noverim me! Al sentiemiento de la nada de la criatura se agrega el de la miseria del pecado. Al comprobar el apóstol los obstáculos que sin interrupción pone de su parte a la manifestación del Señor, comprende que él es, sí, una epifanía de Cristo; pero una epifanía continuamente velada por su pecado.

Parece útil, antes de describir cómo fue puesta a prueba la confianza de Javier y precisamente para iluminar su trayectoria, agrupar los principales textos que ponen de manifiesto en él una continua profundización en el sentimiento de la propia miseria. 

En una de sus primeras cartas, dirigida a su primo el doctor Navarro se lee ya una confesión clara:

Y conosciendo mi flaqueza, y esto por la bondad divina, cuán inútil soy para todo; después de haber tenido algún conocimiento de mí, o a lo menos una sombra de él, procuraré poner toda mi esperanza y confianza en Dios, viendo que yo a ninguno doy la debida recompensa; y esto me consuela grandemente, que Dios es poderoso para dar por mí al alma de v. merced y a otras semejantes, grandísima remuneración y premio (28 de setiembre de 1540).

La humildad es el fundamento de la confianza apostólica. Es importante notar que semejante sentimiento no tiene nada que ver con la melancolía que se manifiesta, por ejemplo, en las cartas de Lancillotto. Éste es un hombre que está siempre gimiendo por las limitaciones suyas y ajenas y se encuentra atormentado por los escrúpulos; esta tendencia no agrada en modo alguno a Ignacio, quien le responde por su secretario: "¡Que la unción del Espíritu Santo os enseñe en toda cosa!". Las vacilaciones, la ansiedad misma, no están prohibidas, pero todas ellas han de quedar apaciguadas en la oración al contacto con el Espíritu Santo. 

Notemos, en descargo de Lancillotto, que trabajaba con ardor, a pesar de la tisis que había hecho presa en él. Sólo que sus lamentaciones tienen el dejo de su temperamento atrabiliario. Javier en cambio no tenía ese temperamento: sus protestas de humildad y miseria han de tomarse en serio.

Mientras está invernando en Mozambique escribe:

Por amor de Nuestro Señor os rogamos todos que en vuestras oraciones y en vuestros sacrificios tengáis especial memoria de rogar a Dios por nosotros, pues nos conoscéis y sabéis de cuán bajo metal somos.

Insiste todavía, mostrando claramente la experiencia que tiene de su propia miseria:

Una de las cosas que nos da mucha consolación y esperanza muy crecida, que Dios Nuestro Señor nos ha de hacer merced, es un eterno conoscimiento que de nosotros tenemos, que todas las cosas necesarias para un oficio de manifestar la fe de Jesucristo, vemos que nos faltan; y siendo así que lo que hacemos sólo es por servir a Dios Nuestro Señor, créscenos siempre esperanza y confianza, que Dios Nuestro Señor para su servicio y gloria nos ha de dar abundantísimamente en su tiempo todo lo necesario. (1 enero de 1542).

El Señor actúa en el apóstol que reconoce plenamente que todo bien procede de Dios. Francisco lo repite algunos meses más tarde:

Placerá a Dios Nuestro Señor que con el favor y ayuda de vuestras devotas oraciones, no mirando Dios N.S. a mis infinitos pecados, que me ha de dar su santísima gracia para que acá en estas partes mucho le sirva.

Después de haber recordado las fatigas y los goces de su apostolado y de haber pedido consejo sobre la conducta que ha de seguir, termina con una súplica que brota de lo más hondo del abismo de su nada:

En este medio, por los méritos de la santa Madre Iglesia, en quien yo mi esperanza tengo, cuyos miembros vivos vosotros sois, confío en Cristo Nuestro Señor que me ha de oír y conceder esta gracia, que use deste inútil instrumento mío, para plantar su fe entre gentiles; porque sirviéndose su Majestad de mí, gran confusión sería para los que son para mucho y acrecetamiento de fuerzas para los que son pusilánimes; y viendo que siendo yo polvo y ceniza, y aun esto de los más ruin, que presto para ser testigo de vista de la necesidad que acá hay de operarios, cuyo siervo perpetuo sería de todos aquellos que a estas partes quisieren venir, para trabajar en la amplísima viña del Señor (20 de septiembre de 1542).

El sentimiento de la propia miseria no hace al hombre replegarse sobre sí mismo; le hace más bien abrirse a otros y se transforma en demanda de ayuda: este sentimineto no paraliza las propias fuerzas, antes al contrario las centuplica con las de Dios y las de la Iglesia. Francisco, después de la Misión en la costa de la Pesquería, parece experimentar con mayor fuerza este sentimiento:

Háceme Dios tanta merced, por vuestras oraciones y memoria continua que de mi tenéis en encomendarme a Él, que en vuestra ausencia corporal conozco a Dios Nuestro Señor, por vuestro favor y ayuda, darme a sentir mi inifinita multitud de pecados y darme fuerzas para andar entre infieles, de que doy gracias a Dios Nuestro Señor muchas, y a vosotros, carísimos Hermanos míos (15 de enero de 1544).

Todo el tiempo de sus misiones, no cesará Javier de implorar de modo parecido las oraciones de sus hermanos: él se encuentra "sin fuerza espiritual alguna" (27 de enero de 1545), se tiene al propio tiempo por un "triste pecador", gime en la prueba (16 de diciembre de 1545), conoce la necesidad que tiene de la ayuda espiritual de sus hermanos (10 de mayor de 1546), evoca el contraste existente "entre los grandes pecados que hemos cometido, y el instrumento escogido por el Señor" (22 de octubre de 1548).  Llegado al Japón, progresa sin cesar en el conocimiento de su miseria:

Pensábamos nosotros hacerle algún servicio en venir a estas partes a acrecentar su santa fe, y agora por su bondad dionos claramente a conocer y sentir la merced que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japón, librándonos del amor de muchas criaturas que nos impedían tener mayor fe, esperanza y confianza en Él (5 de noviembre de 1949).

Cuando regresa después de más de dos años de dura misión, declara a su padre Ignacio que ha descubierto en sí miserias que aún no conocía (27 de enero de 1552). Sus últimas palabras pronunciadas en el peñón de Sancián proclaman finalmente que debe ser cosa bien vil para que Dios se sirva de él a fn de confundir al demonio (13 de noviembre de 1552).

Por lo que hace a Francisco, hay ciertamente durante la vida apostólica una penetración más profunda en el conocimiento de la miseria personal. ¡Esto no le impide la visión clara del mundo real! Todo lo contrario. Véase el ideal que propone a los jesuitas de Goa:

Vivo muy consolado en me parecer que tantas cosas interiores de reprender veréis siempre en vosotros, que vendréis en un grande aborrecimiento de todo amor propio y desordenado; y juntamente en tanta perfección, que el mundo no hallará con razón qué reprender en vosotros; y de esta manera sus alabanzas os serán una cruz trabajosa en las oír, viendo claramente vuestras faltas en ellos.

En tanto que los que ven humanamente las cosas admiran cada vez más al apóstol en acción, desciende éste sin cesar a mayores profundidades en el abismo del pecado que reconoce en sí, pero es para fundar sobre esa base una confianza tanto más pujante cuanto que brota de más hondo. Entonces, ciertamente, a sus ojos todo es gracia.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Homilía: Pistas y caminos para conocer el propio corazón

Esta es una homilía de Fray Nelson Medina O.P. que nos presenta una herramienta para examinar nuestro "corazón".  Conocer cómo somos.  Consiste en hacernos tres preguntas.  Es un modo muy sencillo de irnos conociendo y considero que es un buen punto para iniciar este camino de autoconocimiento.  

Fray Nelson Medina O.P.











miércoles, 14 de diciembre de 2011

Espectáculo: Embalada

Esta es una aguda reflexión artística sobre una persona que busca su lugar en el mundo.  Para mí está llena de símbolos y sugerencias.  Con una pregunta: ¿este es mi lugar? emprende una búsqueda de adónde pertenece.  Sólo descubre su lugar como resultado de su búsqueda.  Su lugar está en ella misma.

Marina Barbera (Martita Saldutti - Personaje)
Argentina

Es una artista del género clown.  Ha presentado diferentes espectáculos: "Hoja en blanco, quiero ser", "Soñata", "El Intento", "Cenicienta", "Los caballeros de la Mesa Ratona", "Obelatalisco","Doña Ramona" entre otros y en 2007 "Parece ser que me fui", que ganó los premios Teatros del Mundo en actuación femenina, dirección, música original y fotografía teatral.  Forma parte de Los Papota Payasos Grup y de Clowns No Perecederos.  Dicta talleres anuales e intensivos de Clown desde 2001.



Embalada

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Libro: Nuestra Transformación en Cristo, El conocimiento de sí mismo

Este texto corresponde al capítulo III del libro "Nuestra Transformación en Cristo" de Dietrich Von Hildebrand.

Dietrich Von Hildebrand
Italia (1889-1977)

Fue un filósofo y escritor religioso, activista anti nazi.  Se convirtió al catolicismo en 1914.  Escribió muchas obras descubriendo la fe y moral del catolicismo.  Con sus muchos escritos filosóficos contribuyó al desarrollo de un personalismo cristiano rico, sobre todo por su énfasis en la trascendencia de la persona humana.






EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO

Hemos visto que la incondicional disposición a ser cambiado y el arrepentimiento constituyen los primeros fundamentos indispensables para alcanzar la meta a la que estamos llamados por la misericordia de Dios: la transformación en Cristo. El próximo paso decisivo en este camino es el pleno conocimiento de sí mismo.

Mientras no reconozcamos nuestras faltas, mientras no sepamos nada de ellas, no podemos superarlas realmente, ni con la mejor voluntad el mundo. Muchas veces encontramos personas que tienen muy buena voluntad para cambiar, pero que dirigen toda su atención a faltas meramente imaginarias, que luchan contra molinos de viento, y que dejan subsistir los verdaderos defectos tranquilamente. Este peligro está controlado en órdenes religiosas, porque la sincera voluntad de hacerse otro hombre en Jesucristo es encaminada por los superiores a los que se está sumiso, hacia los verdaderos peligros y faltas, aunque no hayan sido reconocidos todavía por sus dueños. El religioso o la religiosa empieza la lucha con su propia naturaleza dentro de la obediencia, se dirige contra las faltas que tiene que superar según la opinión de sus superiores, independientemente del grado de conocimiento personal que tenga de la existencia del defecto a combatir. He aquí una de las grandes ayudas que presta la vida religiosa al proceso de la verdadera transformación de cada miembro. Pero la auténtica transformación, el desarraigar y anular un defecto verdaderamente, el rebajar los montes y colinas y el llenar los valles, presupone, a pesar de todo, que reconozcamos nosotros mismo nuestras faltas. No debemos olvidar nunca, qué función fundamental tiene en toda la vida de nuestra alma el darnos cuenta como cada toma de posición presupone una toma de consciencia. Es cierto, en la mayoría de los casos sólo alcanzamos el verdadero conocimiento de nosotros mismos, cuando ya hemos comenzado a luchar dentro de la obediencia contra las faltas todavía no reconocidas. Pero si esta lucha ha de tener pleno éxito, es preciso que llegue el momento de reconocer las faltas desde dentro, porque sólo entonces puede acaecer el último escalón de superación.

Bajo el tema “conocimiento de sí mismo” se pueden entender logros muy dispares. Existe un verdadero conocimiento de sí mismo que es el supuesto de toda santificación, y un conocimiento falso e infecundo de sí mismo que nos enmaraña cada vez más en una actitud egocéntrica.

Nos encontramos con este último cuando nos autoanalizamos por interés puramente psicológico como si fuéramos espectadores. En el caso del falso conocimiento de sí mismo, la observación de nuestra naturaleza tiene lugar no bajo la espada justiciera del bien y del mal, sino de manera totalmente neutral como si analizáramos cualquier fenómeno natural. En este conocimiento de sí mismo queda suprimida la solidaridad con la propia naturaleza, de modo que nos observamos tal y como a otro hombre digno de curiosidad. Sólo que este interés curioso se acrecienta especialmente por el hecho de tratarse de la propia persona. Nos tratamos como si fuéramos una figura de novela y no nos sentimos de ninguna manera responsables (sic) de sus faltas. Es más: estas faltas, como veremos en seguida, ya no se captan a través de este enfoque, en su sentido y contenido específicamente morales. Hemos adoptado una actitud amoral que no puede tomar en cuenta adecuadamente la esencia de la propia persona, ni el hecho de que se trata en primer lugar de una persona, es decir, de un ser que sabe tomar posición sensatamente y es libre, que no se puede concebir separado de su orientación hacia Dios y hacia el mundo de los valores, como tampoco tiene en cuenta el hecho de que es precisamente de la propia persona que somos responsables.

En la base de tal conocimiento de uno mismo no se encuentra ninguna disposición a ser cambiado, y es por lo tanto totalmente estéril para todo progreso moral. Hombres que descubren sus faltas de esta manera neutral, puramente psicológica, no salen de esta constatación más capacitados para vencer sus defectos que antes. Al contrario, este conocimiento de uno mismo puramente neutral conduce más bien a acomodarse con estos defectos como si fueran normales. Por consiguiente se está más lejos aún de su superación que cuando nada se sabía sobre ellos. Se confiesan también abiertamente sin inhibiciones, pero no por humildad y profunda conciencia de culpabilidad, sino, porque los defectos se han convertido en una cuestión psicológicamente interesante, pero puramente neutral.

Este mismo tipo estéril y desmoralizante del conocimiento de sí mismo lo encontramos también en el “psicoanálisis”. El analizado se cree especialmente objetivo y carente de prejuicios, sumamente predispuesto a un conocimiento de sí mismo imparcial, porque ha eliminado todos los puntos de vista apreciativos y lo investiga todo sólo desde la perspectiva psicológica. En realidad, situándonos en esta posición puramente neutral, nos volvemos incapaces de un conocimiento de nosotros mismos adecuado y hondo. La verdadera naturaleza de nuestras actitudes y de sus raíces en nosotros sólo puede ser comprendida partiendo de una situación de diálogo entre sujeto y objeto, del carácter de respuesta de las posiciones que adoptamos. Tan pronto como eliminamos el contenido en significación y valor del lado del objeto, se nos cierra también la verdadera esencia de nuestras vivencias y de su origen. Para una observación inmanentemente psicológica queda inaccesible también la estructura intencional y llena de sentido de la vida superior de nuestra alma, y queda por lo tanto también insuficiente desde el punto de vista de un puro conocimiento de nuestra alma. Sólo desde el objeto que nos afecta y al que respondemos, se puede diagnosticar acertadamente la calidad de nuestra vivencia. Por aquel enfoque neutral todo se aplana y se priva de su dimensión profunda, todo lo que está impregnado de sentido se interpreta forzadamente de manera más y más puramente causal. La insuficiencia de este conocimiento de sí mismo, se manifiesta sobre todo en el hecho de no estar a la altura de la terapia de los males psíquicos. Pues ya que ni el diagnóstico puede pasarse sin la referencia al objeto, la superación de defectos mucho menos todavía, aún considerándolos ´solo desde el punto de vista de un trastorno psíquico. Pero sobre todo no se considera lo decisivo: si una cualidad, un enfoque, una actitud es valiosa y puede sostenerse ante el rostro de Dios o no, cuestión cuyo conocimiento es esencial para nosotros. Por aquel enfoque neutral quitamos la seriedad a toda la situación; la terrible cuestión llena de responsabilidad, si con nuestra actitud estamos dentro del orden divino o si ofendemos a Dios, se malinterpreta hacia un asunto psicológicamente interesante. De un conocimiento de sí mismo sin arrepentimiento ni conciencia de culpa, no puede surgir ímpetu para la superación de lo no válido en nosotros.

El único conocimiento de sí mismo fecundo y verídico nace de la confrontación con Dios. Primero tenemos que mirar a Dios, a Su insondable gloria, y luego preguntarnos: “¿Quién eres Tú y quién soy yo?” Debemos decir con San Agustín: “Noverim Te, noverim me.” = “Si pudiese conocerte a Ti, me conocería a mi”. Sólo mediante el conocimiento de nuestra situación metafísica, a la luz de nuestro destino final y nuestra vocación, nos podremos conocer adecuadamente a nosotros mismo. Sólo la luz de Dios y Su llamada dirigida a nosotros abren nuestros ojos a todas nuestras deficiencias y faltas, nos enseñan la distancia entre lo que debiéramos ser y lo que somos.

Tal consideración de nuestro propio ser, sí, que se sostiene en una profunda seriedad y se distingue totalmente de todas las variaciones de un autoanálisis puramente psicológico. La propia naturaleza no se considera como una realidad inalterable, como algo airoso con lo cual nos enfrentamos sin responsabilidad, sino como un algo modificable de cuya calidad somos responsables. Y este tipo de conocimiento de sí mismo presupone que estamos dispuestos a cambiar. El interés en saber cómo se es, significa aquí una consecuencia de la voluntad de hacerse un hombre nuevo en Cristo. Ninguna curiosidad, ningún girar egocéntrico alrededor de la propia persona cabe aquí. Por amor a Dios deseamos transformarnos en otro hombre, y por el afán de ser otro, queremos saber, dónde nos encontramos actualmente. Sólo esta solemne confrontación con Dios que viene atravesando de modo singular la liturgia de la Iglesia, nos hace verdaderamente perspicaces en la captación de valores y nos muestra implacablemente nuestros defectos. Nunca la podemos realizar como espectadores que no participan. Presupone una actitud fundamente de arrepentimiento, engendra a su vez arrepentimiento necesariamente y tiene su resonancia en el Confiteor.

Este conocimiento de sí mismo no es, al contrario de lo que sucede con el falso, destructor, sino fecundo. Como tiene su fundamento en la disposición a cambiar, todo reconocimiento de un defecto conlleva un impulso hacia su superación. Por muy doloroso que sea reconocer lo oscuro en nosotros: no es nunca opresor, deprimente como el conocimiento de sí mismo puramente natural. Pues en primer lugar hace feliz penetrar más profundamente en la verdad. Cuanto más ahondamos en la verdad, tanto más cerca estamos de Dios que es la fuente de toda verdad, la Verdad misma. Al desvanecerse las ilusiones sobre uno mismo, al despertarnos de nuestros autoengaños, al superar el agarrotamiento de no querer ver muchas cosas, ya hacemos un gran progreso, ya subimos un nuevo escalón hacia la libertad. Esta liberación de nuestro orgullo que siempre trata de engañarnos, es algo que nos hace felices y nos eleva.

Y cuando nos anima la total disposición a cambiar, también debemos sentirnos felices al saber dónde tenemos que empezar. Experimentamos el conocimiento de nosotros mismo como el primer paso de nuestra mutación, porque nos damos cuenta a través de él, dónde se halla el enemigo que es preciso vencer. ¡Cuánta buena voluntad, invertida sin efecto!, ¡cuánta energía disipada!, ¡cuánto tiempo perdido!, si luchamos contra molinos de viento y buscamos nuestros defectos en lugares equivocados. Muchos se creen que tienen que buscar los principales peligros donde en realidad nada nos amenaza y pasan de largo ante los riesgos verdaderos. Si nuestros ojos se abren ante los verdaderos peligros, cuando Dios nos enseña dónde tenemos que reñir la batalla, entonces tenemos que considerarlos todo como un gran regalo de la gracia de Dios. Deberíamos besar las manos de aquellos que vienen a destruir despiadadamente las falsas ilusiones sobre nosotros mismo. Cuántas veces nos creemos por ejemplo que el entusiasmo por una virtud significa la posesión de la misma. La obediencia nos parece “par distance” como algo grande y magnífico, y estamos convencidos de que nos hallamos verdaderamente dispuestos a practicar esta virtud, cuando nos falta aún, para alcanzarla, recorrer un camino largo y trabajoso. O la humildad arde en nuestro corazón en toda su victoriosa y conmovedora belleza y por ello creemos que ya somos humildes. Confundimos ciertos aspectos interiores con la plena realidad de una virtud. Ciertamente, un tal entusiasmo ya es algo excelente y un primer impulso, pero no es aún la posesión real de esta virtud. El quebrantarse esta ilusión resulta doloroso para nuestra naturaleza, pero al mismo tiempo tiene que llenar nuestro corazón con santa alegría, porque Dios nos ha librado con ello y hemos dado un paso importante en el camino de la verdadera adquisición de esta virtud.

¿Pero no tiene que asaltarnos un desaliento temeroso al penetrar nuestras miradas en los propios abismos, en nuestra oscuridad y nuestros fallos? ¿No desfallecerán nuestras fuerzas, nuestro impulso al ver cuán lejos nos hallamos aún de la meta, cuánto más bajo es nuestro nivel alcanzado de lo que creíamos? ¿No descorazonaremos a un hombre, si le decimos toda la verdad sobre sus abismos y debilidades? Es verdad, aún el conocimiento de sí mismo efectuado ante Dios puede llevar a un tal desánimo y desaliento, si seguimos en lo demás en una actitud natural. Pero para el verdadero cristiano, que vive desde la fe, el conocimiento de sí mismo no puede jamás conducir a una tal desesperación desanimada y desalentada, a un hundimiento bajo el peso de los propios pecados. Pues está perfectamente seguro de que Dios quiere su santificación, que Jesucristo “en quien encontramos nuestra salvación y en su sangre el perdón de nuestras culpas” (Col 1, 14), le ha llamado y ha posado sobre él su mano y dice respecto a todos sus pecados y oscuridades con Santo Tomás de Aquino: “Pie pelicane, Jesu Domine, me immundum munda tuo sanguine.” = “Piadoso pelícano, Jesucristo Señor mío, a mi impuro, purifícame con Tu sangre” (ritmo de Santo Tomás de Aquino). Sabe muy bien que por sí mismo nada puede, y que con Jesucristo lo puede todo. Con sus propias fuerzas no está llamado a tender un puente sobre el abismo que le separa de Dios, si Cristo no lo lleva en brazos, y está dispuesto a seguirle sin reserva. Ninguna oscuridad es tan tupida que Su luz no la pueda iluminar e incluso transformar en radiante esplendor. “Quia tenebrae non obscurbuntur a te, et nox sicut diez illuminabitur.” = “Pues ante Ti la oscuridad no es oscura y la noche es clara como el día” (Sal 138, 11).

El verdadero conocimiento de sí mismo es un supuesto indispensable para el que quiere ser tranformado en Jesucristo. Tiene que sentirse lleno de un verdadero afán de reconocerse ante Dios lo que es, de despertarse de todas la ilusiones y engaños sobre sí mismo y de descubrir todas sus debilidades especiales y sus faltas. Debe seguir la invitación de Santa Catalina de Siena: “Entriamo nella cella del conoscimento di noi” = “Entremos en la celda del conocimiento de nosotros mismos”. Pero no debe creer jamás que el conocimiento de sí mismo va a serle algo fácil y que –tan pronto como abrigue el deseo de conocerse a sí mismo- todas sus faltas van a volverse manifiestas sin más. En saludable desconfianza hacia sí mismo tiene que aceptar que está todavía enzarzado en muchas ilusiones y tiene que rezar: “Ab ocultis meis munda me.” = “De mis faltas ocultas límpiame”. Sólo la obediencia al director espiritual o, en su caso, a los superiores religiosos nos puede llevar al verdadero conocimiento de nosotros mismos y a la libertad que conlleva. Tenemos que ser conscientes de que para el verdadero conocimiento de nosotros mismos precisamos de la ayuda de los demás. Conocemos aquellas palabras del Señor sobre la brizna en el ojo del hermano y la viga en el propio y sabemos, mientras nos apoyamos exclusivamente en el propio conocimiento de nosotros mismos, que quedamos expuestos a la ceguera del hombre caído respecto de sí mismo y que no podemos prescindir de la mirada más objetiva del director espiritual, de los superiores instalados por Dios o de amigos espirituales, para alcanzar un verdadero conocimiento de la propia naturaleza. Pero por mucho que tengamos que acudir a la ayuda de Dios y del prójimo para conocernos realmente, hay algo que sólo lo podemos contribuir nosotros mismos: la voluntad incondicionada de morirnos a nosotros mismos, de transformarnos en hombres nuevos en Cristo y el afán que deriva de todo esto de conocernos como somos de verdad. Y es por este mismo afán que rezamos: “Domine, ut videam.” = “Señor, ¡haz que pueda ver!” (Lc 18,41).

viernes, 9 de septiembre de 2011

Artículo: Persona y Personalidad, Conócete a tí mismo


Del folleto o libro sobre la Persona y Personalidad (2004), del padre Enrique Cases (www.teologiaparavivir.net), tomamos la relacionada con el conocimiento de sí mismo en el apartado sobre la antropología teológica.  Responde a la pregunta ¿quién es el hombre?

Pbro. Enrique Cases

El Pbro. Dr. Enrique Cases nació en Barcelona en 1943.  Es Doctor en Teología y Licenciado en Ciencias Químicas.  Ha sido profesor de la Universidad de Navarra y de en Universidad Internacional de Cataluña.  En 2005 organizó el Congreso Árbol de la Vida, sobre la vida en sus inicios, con ponencias de biomedicina, filosofía y derecho, otorgándose premios de novela y de investigación para universitarios y bachilleres.  En 2007 fue presidente del Congreso Mariano sobre María y la Mujer.  Actualmente ejerce su ministerio sacerdotal en Barcelona.



Conócete a tí mismo

gnosti te autvn (nosce te ipsum). Esta inscripción, puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos, es clásica en el pensamiento griego. En todos los tiempos muchos pensadores han reflexionado sobre ella con variados matices siguiendo el ejemplo de Sócrates y Platón[1]. La sabiduría de Occidente comienza, en su vertiente filosófica, con este pensamiento, intentando alejarse de adivinanzas y supersticiones.

Parece que el origen del adagio se remonta a escritos antiguos de Heraclio, Esquilo, Herodoto y Píndaro; y surge como una invitación a reconocerse mortal y no dios. Sócrates lo eleva a un nivel filosófico como un examen moral de uno mismo ante Dios. Platón lo orienta hacia la verdadera sabiduría en un fantástico sistema de pensamiento. Erasmo dirá que es el inicio del filosofar en cuanto lleva a la conciencia humilde de “saber que no sabe nada”[2]. Los Padres de la Iglesia lo toman y también lo encuentran en los escritos bíblicos (Cant 1,8. “si tú no te conoces, seguirá el camino del rebaño”; Dt 15,9 “attende tibi” “estate atento a ti mismo”). San Agustín hace célebre el aforismo elevándolo también a Dios diciendo que el fin de la vida es “noverim te, noverim me” “conocerte y conocerme”[3]. El hombre se conoce cuando va al fondo de sí mismo y ahí encuentra la imagen de Dios. Por esta senda marcharán muchos medievales en este espíritu humanista de pensar.

En la modernidad resurge con muy diversos tonos e interpretaciones, también en el magisterio de la Iglesia[4] en su defensa de la verdad. También se dio en otras culturas antiguas: Israel, los Veda y Avesta, Confucio, Lao-Tsé, los Tirthankara, Buda, Homero, Eurípides, Sófocles, Platón y Aristóteles. La búsqueda filosófica no surge de preguntarse ¿quién es Dios? sino ¿quién es el hombre? De lo más cercano a lo más alto y profundo. Nosotros vamos a seguir el camino del hombre. En tiempos más próximos Scheler y Heidegger hacen notar nunca hemos sabido tantas cosas sobre el hombre y nunca hemos sabido menos del hombre. Es lógico que así suceda cuando se prescinde de la Revelación por una parte, y por otra de los conocimientos de la filosofía perenne.

El Cristianismo aporta una gran novedad sobre el hombre con la noción de persona. Los griegos no tenían esta noción, ni los latinos, ni se da en ninguna de las culturas del ancho mundo en aquel momento histórico. La persona además de su individualidad, de su autonomía y de su racionalidad, es algo más; Polo dice que es “además” pues cuando descubrimos algo siempre hay algo más.. Es un ser con dignidad por sí mismo, no por la pertenencia a un clan, familia o pueblo. Tiene unas características sorprendentes: es mortal e inmortal; individual y tan relacionada con los demás que la solidaridad es necesaria para alcanzar su plenitud. La persona tiene una grandeza tan impresionante, que se puede decir que está divinizada, pues Dios habita en su interior, y, al mismo tiempo, es muy cercana al mundo animal y vegetal. Las diferencias corporales con algunos animales son muy pequeñas –en cuanto al DNA por ejemplo- y, sin embargo, sus actividades son infinitamente distintas de un modo evidente. Sufre y puede superar el dolor. Su vida tiene un sentido, no sólo durar y sobrevivir. Es libre y puede amar. Ama la belleza y la genera. El hombre supera infinitamente al hombre, decía Pascal, refiriéndose a ese algo tan superior a la materia que le forma. Además está la riqueza de los sentimientos. La persona humana es capaz de Dios; desea naturalmente a Alguien que le supera infinitamente. El progreso de la tierra, o su destrucción, está en sus manos. Individualmente puede alcanzar niveles altísimos de perfección, o decaer en la degeneración. La perspectiva que vamos a tomar para estudiar al hombre es ésta: su persona y su personalidad.

Vamos a preguntarnos desde muchos puntos de vista ¿quién es el hombre? Y más en concreto ¿es persona el hombre? Para ello tomaremos los grandes avances de la filosofía perenne y muchos restos de la modernidad; pero con la ayuda de la Revelación, pues un cristiano no puede desaprovechar lo que sabe con certeza porque cree que Dios revela desde el Silencio su Palabra para que el interrogador sea libre por la verdad y el amor.

Mucho perjuicio hizo al progreso del pensar y amar humano la rotura del nominalismo en el siglo XIV aún no superada. De una parte se perdió la metafísica y se separó de la filosofía que se convirtió en un galimatías lógico. No en vano dice Cardona que la inteligencia del ser como acto, del Esse y del actus essendi participado no la tuvo Santo Tomás de Aquino sin una especial ayuda divina. Muchos de sus seguidores la perderán; y más aún los que no la tienen ni de nombre, así se entiende la crítica y la queja de Martín Heidegger ante el olvido del ser y de olvidarse de ese olvido. De hecho muchos se pierden en crucigramas ingeniosos y lógicos, pero irreales, perdiendo la noción de Dios de una parte –gravísima pérdida-, y, de inmediato, pierden al hombre no sólo teóricamente, sino con crueldades inconcebibles como se ha visto en el siglo XX, llamado el siglo breve, pero que se podría llamar también el siglo de Caín, o el siglo sin Padre, que llevó a que los hermanos dejasen de serlo. En la actualidad, además de la crítica que se pregunta ¿qué ha pasado?, se experimenta en los más lúcidos una nostalgia que puede llevar al buen puerto de situarse valientemente ante el misterio. Da más luz una ventana entreabierta al amanecer, que la vela medio extinguida en una habitación cerrada. Hay que abrir las ventanas con ansia y con prudencia. Nosotros lo vamos hacer mirando al mismo tiempo al hombre y a Dios con una actitud que quiere ser audaz y abierta a las preguntas verdaderas, superadas ya las ideologías que encerraron la verdad en interpretaciones, que tanto daño han hecho en el pasado y en el presente.

Blaise Pascal dice acertadamente: “¡Qué quimera el hombre! ¿Qué novedad, que monstruo, qué caos, que contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas y gusano infecto, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y error, gloria y desecho del universo”. Suscribimos esta idea de contraste, pues el propósito de estas páginas es conocer al hombre en sus contradicciones y es sus enormes posibilidades. El reciente premio Nobel de literatura Imre Kertësz, con su experiencia vivida del holocausto pagano-nazi dice: “el instrumento de la destrucción se llama ideología: lo grave es que la masa, que nunca participó de la cultura, absorbe las ideologías como cultura”. Suscribo esta idea añadiendo que la ideología es sólo una explicación razonada de la realidad, que queriendo, o sin querer, la limita. La ideología tiende al totalitarismo, casi con necesidad. La realidad, con su amplitud y riqueza, lleva a la libertad y al respeto, pues es Misterio.

La Ilustración, con todo su entusiasmo, fue en paréntesis con malas consecuencias como detecta el posmodernismo, por ello estamos de acuerdo con Bruno Forte cuando dice: “Entre el triunfo de la identidad y la apología de la diferencia, resuelta en el dominio omnicomprensivo de la nada, entre el tiempo de la ideología y del nihilismo, la causa del hombre exige que se busque un camino distinto “entre los tiempos”, capaz de escaparse tanto de la seducción alienante del pensamiento solar, como del hechizo trágico de la victoria final sobre las tinieblas. En la tradición judeo-cristiana la que ofrece la posibilidad de esta concepción del hombre, fruto del encuentro entre la identidad y la diferencia; es la antropología del Absoluto que entra en la historia, permaneciendo Otro y soberano respecto de la misma, del Transcendente que viene a habitar y a redimir el éxodo de la condición humana, de la Gloria que se comunica a los días de los hombres, abriéndolos al don de la vida eterna, de la alianza de Dios con el hombre y del hombre con Dios”[5].

Un ejemplo de lo dicho son los epígonos triunfantes de este talante de los tiempos de la Ilustración. Por su gran influencia citamos a tres que tienen una clave con la cual abordan todas las cuestiones del hombre, son Marx, Freud y Nietzsche Los tres prescinden de Dios, y los tres apoyan su visión del hombre en algún aspecto negativo, muy lejano al amor. Por eso se les suele llamar “maestros de la sospecha”.

Karl Marx dice que la clave de toda la realidad es la economía. La alineación económica explica todo lo demás. Sigmund Freud hace lo mismo con la líbido sexual, y con ella pretende explicar todo. Nietzsche es más complejo, pero también tiene una clave para explicar todo, y es la voluntad de poder del hombre. Son tres soluciones pesimistas. Si nos fijamos, es posible observar que cada teoría refleja una de las tres heridas del alma después del pecado de origen, como señala San Juan: “todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”[6], es decir: sexo lujurioso, avaricia de dinero o riquezas, y orgullo o ansia de poder. Es decir, realidades parciales de lo que es el hombre y, además, negativas. No saben encontrar lo positivo, y eso es grave. Bien distinta es Edith Stein cuando para conocer al ser humano comienza “tratando de comprender la espiritualidad. Espiritualidad personal quiere decir despertar y apertura. No sólo soy, y no sólo vivo, sino que sé de mi ser y de mi vida.Y todo esto es una y la misma cosa. La forma originaria del saber que pertenece al ser y a la vida espiritual no es un saber a posteriori, reflexivo, en el que la vida se convierte en objeto del saber, sino que es como una luz por la que está atravesada la vida espiritual como tal. La vida espiritual es igualmente saber originario acerca de cosas distintas de sí misma. Quiere decir estar cabe otras cosas, mirar en un mundo situado frente a la persona. El saber de sí mismo es apertura hacia dentro, el saber de otras cosas es apertura hacia fuera”[7].

La clave de esta antropología es la noción de persona en un sentido muy concreto, de ahí surge todo lo demás: libertad, pensamiento, belleza, corporeidad, amistad, solidaridad, pensamiento libre, verdadero amor, etc. No en vano el Papa Juan Pablo II ha hablado de la necesidad de una antropología más metafísica, inspirándose en una filosofía abierta a la trascendencia. El Santo Padre propone «regresar a la metafísica». Hace ver como «hoy junto a descubrimientos científicos maravillosos y progresos tecnológicos sorprendentes asistimos a dos grandes olvidos: el olvido de Dios y del ser, el olvido del alma y de la dignidad del ser humano. Esto engendra a veces situaciones de angustia a las que es necesario ofrecer respuestas ricas de verdad y esperanza», por ello «es necesario regresar a la metafísica».

No sirven las soluciones negativas, ni son suficientes las quejas, son necesarias las soluciones positivas reflejos de la verdad profunda, como señala Juan Pablo II: «muchos de nuestros contemporáneos se preguntan: si Dios existe, ¿cómo puede permitir el mal? Es necesario explicar que el mal es la privación del bien debido, y el pecado la aversión del hombre por Dios, fuente de todo bien. Un problema antropológico, tan central para la cultura de hoy, sólo puede encontrar una solución a la luz de eso que podríamos definir una "meta-antropología". Es decir, de la comprensión del ser humano como ser consciente y libre, "homo viator", que es, y que al mismo tiempo, está en devenir (...)La cultura de nuestro tiempo habla mucho del hombre y sabe muchas cosas sobre él, pero con frecuencia da la impresión de ignorar quién es verdaderamente. En efecto, el hombre sólo se puede comprender plenamente a sí mismo a la luz de Dios. Es "imagen de Dios" ("imago Dei"), creado por amor y destinado a vivir en la eternidad en comunión con Él»[8]. Como dice Pascal: “Sólo existen dos clases de personas razonables: las que sirven a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que buscan le de todo corazón porque no le conocen”. Para ambos van estos escritos.Para ello es necesaria la sabiduría en el sentido de la antigüedad, también bíblico, superando los racionalismos estrechos, no la razón, pero abiertos al misterio.

Juan Pablo II comenta al meditar sobre la oración del fiel que pide a Dios el don de la Sabiduría (9, 1-6.9-11):
”Dios de los padres, y Señor de la misericordia,
que con tu palabra hiciste todas las cosas,
y en tu sabiduría formaste al hombre,
para que dominase sobre tus criaturas,
y para regir el mundo con santidad y justicia,
y para administrar justicia con rectitud de corazón.
Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

“Cuando Salomón, en los inicios de su reino, se dirigió a los altos de Gabaón, donde se levantaba un santuario, y después de haber celebrado un grandioso sacrificio, en la noche tiene un sueño-revelación. Por petición misma de Dios, que le invita a pedirle un don, él responde: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3, 9)” Nosotros tenemos la misma petición “Es fácil intuir que esta «sabiduría» no es la simple inteligencia o la habilidad práctica, sino más bien la participación en la mente misma de Dios que «con tu sabiduría formaste al hombre» (Cf. v. 2). Es, por tanto, la capacidad de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y de la historia, yendo más allá de la superficie de las cosas y de los acontecimientos para descubrir el significado último, querido por el Señor”. Por eso “De la mano de la Sabiduría divina nos adentramos confiados en el mundo. A ella nos agarramos, amándola con un amor conyugal como Salomón, que como dice el Libro de la Sabiduría confesaba: «Yo la amé [la sabiduría] y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza» (8, 2)[9] enseña Juan Pablo II.

Añadamos un poco de prosa poética más elocuente que el seco concepto.

¿Qué es el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo, sus días, una sombra que pasa. Somos poco, soplo, sombra, casi nada.

Si Tú lo dices es verdad, pero el hombre es un hijo, espíritu inmortal vestido en carne, fuerza de libertad, amor amante, digno de ser amado y para siempre. Lo efímero lo marca el tiempo, lo permanente, el Eterno.




[1]S. Pié-Ninot. Teología Fundamental. Ed Secretariado Trinitario.Salamanca 1996. pp.96-111
[2]Erasmo de Rótterdam. Opera omnia 2/2 Amsterdam 1998, p. 117-120
[3]San Agustín Soliloquium III,1
[4]Fides et ratio, 1-6
[5]Bruno Forte. La eternidad en el tiempo. Ed. Sígueme 2000, p.36
[6]1 Jn 2,16
[7]Edith Stein La estructura de la persona humana. Ed BAC Madrid 2002 p. 62
[8]Juan Pablo II, mensaje 24.VI.02
[9]Juan Pablo II. Alocución 29.I.03


jueves, 8 de septiembre de 2011

Pensamientos: Dios y mi alma, 31 de diciembre de 1937 - viernes

Un breve comentario del Hermano Rafael sobre el conocimiento de sí mismo, cuando medita sobre la humildad en sus escritos, que nos permite el privilegio de ser testigos de la batalla interior y la riqueza de su vida espiritual.  Fuente: Abandono.com

Hermano Rafael

San Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), ingresó el 15 de enero de 1934 al monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas.  Sufrió de diabetes, la que lo obligó a abandonar tres veces el monasterio, adonde volvió nuevamente para dar una respuesta generosa y fiel a lo que sentía ser la llamada de Dios.  Murió el 26 de abril de 1938, recién cumplidos los 27 años.  Fue sepultado en el cementerio del monasterio.  El 20 de agosto de 1989, SS. Juan Pablo II, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, le propuso como modelo para los jóvenes en Santiago de Compostela, declarándolo Beato el 27 de septiembre de 1992.  El 11 de octubre de 2009, Rafael Arnáiz fue canonizado por Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro, Roma.

Me voy dando cuenta de que la virtud más práctica para tener paz en la vida de comunidad es la humildad.
La humilidad delante de Dios, nos ayuda a la confianza, pues humildad es conocimiento de sí mismo, y ¿quién que se conozca a sí mismo, puede esperar algo de sí?... Loco sería si no lo esperase todo de Dios.
La humildad llena de paz nuestro trato con los hombres. Con ella no hay discusión, no hay envidia, no hay ofensa posible... ¿Quién puede ofender a la misma nada?
Le pido encarecidamente a María, me enseñe en lo que Ella fue maestra..., humilde ante Dios y ante los hombres. "Hágase".